lunes, 27 de febrero de 2012

EN BUSCA DE PIERNAS BLANCAS

LOS HECHOS SIEMPRE PUEDEN CONTARSE DE OTRA FORMA.


Advertido por la contracubierta del libro En busca de piernas blancas de Jorge Luis Rodríguez, donde Ernesto Peña nos interroga y responde para provocarnos su lectura, entre otras cosas y cito: Y quien pensara que el autor falta a la “verdad histórica” a favor de la emoción épica, debería recordar las palabras de Herodoto en elogio a Homero:“que no es poeta quien no sabe fingir”. Advertido, pude entrar y he imaginado cosas:

Un libro donde las respuestas a hechos que no son vistos desde la fidelidad a la historia misma, lo que pudo ser mejor desde la fabulación sobre lo que se supone ha sido, narraciones creíbles que si mienten son funciones para un lector que queda atrapado y se trata mucho de ir a un tiempo al que no sabemos bien, si verdaderamente ahora se ha vuelto, o si por allí fuimos. Lo cierto, narrado con una sagacidad para hacer que entremos a esa maquina atemporal donde personajes y situaciones nos permiten ser también unos cómplices muy ensimismados en ese logro del autor, donde uno cree en la lectura desde la posible idea de que las cosas pudieron suceder realmente como se fábula, al menos crea un paralelo sobre lo que finalmente nos hace reflexionar, un gusto por pensar en ello como una posibilidad finalmente vivida.

Sin dudas diez narraciones donde el autor deja claro su dominio de constructor de tramas que no pueden ser desapercibidas por la abundancia de publicaciones y porque una y otra vez, algunos quieren repetirnos historias apenas dispuestas sobre libros de textos, lo cierto que Jorge Luis ha dado pasos agigantados en este caso, y toma un rumbo contrario, a veces importa mucho que nos cubran con esa magia de contarnos cosas que quizás lo menos importante, es saber si pertenecen a alguna realidad concreta, o si desde esa realidad las cosas que puedan dar otras lecturas, cobran su importante lugar en la historia que fue, mejor es pensar que la búsqueda no es finita, las historias bien contadas nos responden cosas desde otra reinvención que siempre supera a la que nos dijeron, no es la imaginada.
Lo siento en el aire y Ud., imagine desde ahora que su propia vida pude ser otra, o que es un reflejo futuro de lo que se supone ha dado el pasar por ella sin pretender que todo con exactitud es un sueño.
Juan C Recio, NY, Febrero 17 del 2012
EN BUSCA DE PIERNAS BLANCAS
 Maldices este país y bajas el revólver hasta las piernas. Cuando muere Quintín Banderas ya nada tienes que hacer en el mundo del honor: es una certeza que te llega después, mucho después, cuando ya estás empantanado. Miras en las cachas de nácar las letras en inglés de la empresa. Intentas leerlas pero no puedes. Pegas las cachas hasta tu nariz y ves las hendiduras en el material sabiendo que algo importante dicen. Bajas el arma. Un veterano pobre es una mariposa gris, le oíste cantar a Manuel Corona en una esquina de San Isidro; para ti es peor, piensas, eres un veterano negro alzado en el setenta y cinco que llegó a coronel; ya sin prestigio, sin el prestigio regio de Quintín, de Maceo... Miras las hombreras vacías del uniforme: cambiaste los grados por dos cajas de ginebra a un holandés, amante de las revoluciones justas y de los museos. Tú amas las piernas blancas y la garganta húmeda y algo más. Hicieron el trueque en silencio, su secretario tomó los grados con un temblor astuto en las manos y se fueron calle abajo, rumbo al puerto. Los viste confundirse entre los carretones que iban y regresaban de la aduana. Tomaste rumbo a San Isidro a localizar a la tal Petite Berthe, para dos días de cumbancha. Así empezó todo; al salir de la accesoría aplastaste una mierda de vaca de varios días, pero seca de siglos, sabes de premoniciones, de imágenes leves que muestran el porvenir, y esa mierda te mostró la sabana del futuro, que ésta es una patria de mierda, de pura mierda y que lo puro hay que buscarlo en el éter. Bien lo dijiste, Quintín, lo bueno está en el éter y lo demás son palabras, lamentos de gatos en la noche. Esa misma tarde conociste a Pepito Basterrechea, defendiéndolo en una trifulca con dos gallegos corpulentos. Te agradeció con una invitación a beber a la Acera del Louvre, donde Yarini tenía una mesa fija y estaba en ese momento. Llegaron y no lo vieron, estará, dijo Pepito Basterrechea y deambularon por San Rafael, por Neptuno, calle arriba, calle abajo, regresaron y lo vieron allí, vestido completamente de blanco. Era verdad, obtenía todo por lo amable, aunque podías descubrir un perro debajo de aquel ropaje, con sus maneras cuidadas de buen ver. Ya estaba enterado de todo y de quién eras. Hablaron de la Petite Berthe, la francesa endemoniada de que tanto se ha hablado en La Habana; de su paso para el bando de los guayabitos, que cuando regresara Louis Letot, el jefe de los chulos franceses, iba a acontecer algo gordo, que él no empezaba por una cuestión de honor, que sus guapos estaban resguardados y deseosos para entrar en acción, con sólo un chasquido de dedos; lo hizo con sus dedos blancos y cuidados y todos en la Acera del Louvre, pendientes de Yarini, hicieron silencio, un silencio roto por la carcajada de Pepito Basterrechea.
Siguieron hablando de guerras, de muchas anécdotas y del asco de los partidos de ahora, del bochorno de ese José Miguel Gómez, que Menocal lo resolvería todo cuando llegara, y nuestra zona, miró a Basterrechea con orgullo, será expandida hasta lo increíble, abrió las manos y posó la derecha en tu hombro. Era una invitación al partido, a su grupo de guayabitos, al barrio de San Isidro, a donde la Petite Berthe, y aceptaste. Ya eras parte de ellos y lo fuiste hasta que lo mataron. Era otro comienzo, y de premio las piernas blancas siempre a tu disposición, la garganta húmeda como un pozo sin fondo: ¿Con pegrrito o sin pegrrito? Con esa pregunta bajaba el aluvión por tus piernas. Has tenido muchas mujeres: negras, blancas, mulatas, chinas de un solo ojo, indefinidas por la costra de churre de varios días de campaña y algunas obligadas, son las más sabrosas, esas que se retuercen en los brazos o en las piernas las más fieras... Sientes arrepentimiento y llevas el revólver a la sien. Deseas apretar el gatillo, recorres el guardapolvo, una y otra vez, con solo bajar el dedo sería problema resuelto. Pero no. Lo retiras agotado por levantarlo tantas veces y sientes el sudor en la nuca con olor a monte y a hembra. Aún guardas el olor de la blanca de Mal Tiempo, qué hembra aquella, piensas. Su resistencia con el español aquel y los gritos de rabia por no poder zafarse del soldado, los arañazos que viste en el cuerpo tieso cuando acabaron y fueron descubiertos por Quintín. Ella se te dio por agradecimiento, al principio con recelo, como las batallas que se empiezan y se tiene miedo por inferioridad numérica o de pertrechos, se te dio aún con el cañoneo por encima de su cabeza y los trotes de caballos desbocados; todavía sientes su olor a monte en la nuca, olor a ceiba florecida, al algodón pulposo de la ceiba, y descubres que nunca le has preguntado a las putas de San Isidro si el algodón que usan es de ceiba. Con las francesas no has sentido el olor, pero te has sentido distinto, con solo decir: ¿Con pegrrito o sin pegrrito? Sus silabeos de erres sueltas, de sinsontes libres en tu oído; los ojos verdes, azules, violetas y los negros noche de la Petite Berthe, con su nacimiento de senos lechosos por debajo del encaje rosado. El revólver se levanta en tus piernas con la erección. Eres un perdido, hasta en esta hora te hombreas con el recuerdo de putas.




Es un trabajo fácil, fácil para ti que has guerreado y ríe Yarini, Basterrechea lo secunda, tienes tres tragos y todo te da igual, ríes también. Tendrás los gustos copados y las hembras (las mejores hembras de La Habana, por cierto) a tus pies, afirma Pepito Basterrechea y ríe, ahora Yarini lo secunda; parecen hermanos, jimaguas hermanados por la bragueta y asientes sin pensarlo, sin importarte que tengas que matar gente que no conoces, que nunca conocerás. Pero no piensas, es mejor no pensar y dejar las cosas a esa altura. Les estrechas las manos y toman rumbo a San Isidro, el barrio de la tolerancia, donde todo se puede y Yarini lo va mostrando distinto a tus ojos como algo particular, como se muestra un traje en el armario; él va mostrando las putas, sus cualidades, sus piernas, les da cachetadas de cariño, algo duras a tu parecer, los lunares naturales de alguna; sientes tus ojos ávidos de ellos y de esa piel blanca y te susurra al oído cómo les gusta a cada una que se lo hagan, ellas ríen y saludan a la muchedumbre que los persigue, no habías vuelto a ver tanto deleite por un hombre, desde que entró Máximo Gómez, con la diferencia de que aquel era un héroe escuálido y Yarini un chulo joven, un guayabito de alcurnia. Aceptas y esa misma noche oficias al primero, un militar de artillería que se ha negado constantemente a pagar sus noches. Es una muerte fácil, de sólo hundir el puñal en el abdomen, y te marchas de la callejuela a darte unos largos ginebrazos. Deambulas por las calles, como harás de ahí en lo adelante hasta altas horas de la noche, por frente a los nuevos dueños, a los palacetes que se construyen como panales de avispas y te muerdes la boca todas las noches al verlos ostentar la libertad que a tanta gente desangró en el pasado. Recuerdas la primera carga al machete en que participaste, sentiste miedo pero sabías a dónde ibas y fuiste con los ojos cerrados a enfrentarte a la muerte, eras un simple esclavo escapado del ingenio Santa Rita, cómodo en el inicio de la lucha, sintiéndote ilustre por los recibimientos apasionantes en los puebluchos, era ese ser querido, aceptado por la gente, el que te motivó a luchar y llegar hasta coronel cortando cabezas hasta más no poder; como ahora ser querido por todas estas putas y este partido no menos puta. Aunque sea olvidando el prestigio regio, la galanura del paso, las leyes de la hombría que creías salvaguardar después de la muerte de Quintín y que lograron alcanzar a filo de machete y que crees reconquistar con un puñal ahora. El revólver es un temblor y oscila entre leves movimientos de izquierda y derecha, tus ojos lo siguen y crees ver la cara de espanto del segundo, tuviste que tomar varios ginebrazos para darte valor y oficiarlo desprevenido. Con los otros después no sentiste nada, solamente hundir el puñal hasta el cabo y cambiar la vista de la cara, para no perder el valor. Se había regado tu nombre de guerrero fogoso, reconquistó su lugar y te recordaban junto al otro negro de fuego, ahora agregaban las putas el renombre de macho templón y por lo bajo el de puñalero entre vendedores de baratijas y pequeños negocios que cambiaban la acera para saludarte con una leve inclinación del sombrero. Los chulos franceses cambiaban de calle pero en sentido contrario; no por miedo, que estabas seguro que no le temían a nada, sólo estaban acéfalos y esperaban un mejor momento para actuar, cuando llegara el famoso Louis Letot. También lo aguardabas dándote a la Petite Berthe, que Yarini te ofreció como obsequio por la fama; que ya llegaba a palacio su reputación como dueño absoluto de San Isidro. Se alababa tu nombre en el pueblo y en las filas de los veteranos, divididas, unos envidiaban tu posición y otros enlodaban tu nombre a diestra y siniestra, hasta te gritaron desde una volanta, a todo pulmón, que eras un bochorno y siguieron a un paso agitado por la calle, no les ibas a contestar nada, te recostaste a un poste, querías irte, quizás a Costa Rica, junto a los cubanos que no quisieron volver con Maceo para una guerra incierta, llena de palabras y abalorios. Irte, comenzar de nuevo, pero desististe, todo sería igual, la misma porquería. Dejas en la silla el revólver, vas hasta la tinaja y sacas un poco de agua que echas en la jofaina. Humedeces una tela y recorres el cuello varias veces. Miras la bandera de Céspedes, el primer blanco que hizo algo de verdad por nosotros. Te sientas afuera, el clamor de los pregoneros se mantiene inalterable a pesar de estar oscureciendo y el barrio de San Isidro no tener dueño. La Petite Berthe está muerta, también Letot, y Yarini; Pepito Basterrechea mató a Letot, cuando éste mataba a Yarini, y ahora está preso. Se ha dado un entierro por Yarini que ha conmovido hasta a los espíritus más puritanos. Yarini era Cuba, porque era mierda. Murió en manos de un extranjero de su misma estirpe como hemos muerto en manos de otro sin saberlo; a traición con un recadito de puta, con una asistencia de un barrio de tolerancia. Levantas el revólver y lo llevas a la sien, lo bajas al cuello con un gesto de pesar hasta la cicatriz que semeja un surco de caña, igual a los de Santa Rita, largo y doloroso. Después lo bajas con resignación, no tienes cojones para matarte, lo sabes. Lloras unas lágrimas redondas que se enmarañan en la barba, se enroscan y van desapareciendo en el pelambre canoso y sucio del tabaco, en lo ceniciento de las cerdas como te dijo Maceo una vez: Limpie esas cerdas, que los negros también lucimos.
Ya es de noche. Desististe hace rato de matarte, no eres hombre para eso, te falta valor, nunca serás Céspedes. Sales a la calle y deambulas; el revólver en el cinto del uniforme intachable, salvo los grados, que no quieres usar otros de tienda, sino los de campaña. Caminas y caminas de un lado para otro sin intentar adentrarte en una taberna. La noche y La Habana están cerradas, muchas patrullas de policías y artilleros de a dos, de a tres los más, te miran intrigados, vas pulcro como hace tiempo no andas y sólo miras La Habana; no la imaginabas así, solitaria y bochornosa. Una volanta pasa veloz y el caballo deja caer sus mierdas a tu lado como en esas escenas móviles de los teatros que tanto están de moda. Vas directo a una patrulla de artilleros y abres fuego sin pensarlo, sin importarte que no le apuntes a ellos sino a la vieja muralla, la vieja división de la ciudad. Disparas con los ojos cerrados, porque no has sido hombre y no irás con el otro negro de fuego, sino con la turba de piernas blancas y gargantas húmedas. Sientes los gritos, los pasos, imaginas las piernas como cascos de caballos en tropel y los fogonazos de la patrulla dan en tu pecho, te flexionan las rodillas, pero ya nada sientes y sólo ves estrellas en tu cabeza, tres estrellas refulgentes que se desvanecen al abrir los ojos cuando caes y te socorren en dirección al hospital más cercano, donde las putas reposan sus sífilis y las demás inmundicias del cuerpo y del alma.
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Datos del autor:
De pie Jorge Luis Rodríguez Reyes, en el lanzamiento de mi libro.
Nació en  Trinidad, Sancti Spíritus, Cuba en el año 1980. Es Licenciado en Humanidades. Profesor adjunto en el ISP Félix Varela. Imparte Literatura Universal en la Facultad de Humanidades. Miembro de la AHS y egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha obtenido el Premio Nacional de Talleres Literarios. El Premio Nacional Fotuto de Narrativa, El Premio Nacional Fotuto de Narrativa, Comarcal ,,, . Mención en el Premio Nacional Hemingway, 2006. Sello Editorial Sed de Belleza, gracias a este tiene publicado el libro: En Busca de Piernas Blancas. Ha publicado en El Caiman Barbudo y otras revistas cubanas.

sábado, 25 de febrero de 2012

El vuelo de Andrés Labatúa

El ingrávido vuelo de Andrés la Batúa sobre Camajuaní
POR: RICARDO RIVERON ROJAS
El terruño como espacio teatral; la vida como hecho dramático —unas veces en tono de comedia, otras, de tragedia— la picaresca y la sabiduría como proteínas culturales de una hipotética enciclopedia oral que, enmascarada por una apariencia de normalidad, cobra volumen y trascendencia cuando el viento apaga sus ecos y nos deja a merced del engañoso discurrir cotidiano... Cualquiera de estas afirmaciones, que suscribo con el entusiasmo del fan, pudiera servir para proponerle al lector el volumen titulado El vuelo de Andrés Labatúa, escrito por el más prolífero«registrador de ecos» que ha conocido el pueblo de Camajuaní: René Batista Moreno.
Esta vez el incansable buscador de esa maravilla llamada «hoy», que él configura con muchos «ayeres»de donde extrae un catauro de costumbres llenas de colorido y connotaciones, nos ubica ante hechos a los que las etiquetas de «real maravilloso» o «realismo mágico» les sirven, a la vez que les sobran. Nos traslada Batista Moreno, desde las múltiples voces de sus testimoniantes, hasta contemporaneidades imposibles, como ocurre en el relato «Valeriano Weyler en Camajuaní», donde aquel genocida que fuera Capitán General de la Isla alcanza a leer, a la salida del pueblo, un cartel que reza «Weyler, eres peor que Adolfo Hitler» y al preguntarle al mariscal Epaminondas Alonso quién era el tal Hitler, dicho interlocutor, ubicado en un más acá ubicuo por obra y gracia del folclor, responde con tranquila omnisciencia: «Mi general, ese hombre no ha nacido todavía».
Hallaremos también en estas piezas escritas por René las hipérboles delirantes que caracterizan a los sujetos populares de esos entornos urbanos periféricos llamados «pueblos». En sus amenas narraciones siempre, por paradójico que parezca, el autor consigue que salga airosa la vertebración testimonial de la anécdota, seguramente por la sólida arquitectura contextual de los relatos, y también porque el lector difícilmente logre eludir, desde las primeras palabras, cierto pacto de credulidad con un narrador mentiroso que, simplemente, cuenta verdades. El propio relato que da título al libro lo ejemplifica perfectamente.
De esa forma, diluidos en una neblina cronológica donde el límite entre la verdad y lo real carece de importancia, llegamos a un Camajuaní, que es el mismo y otro pueblo a la vez, en un viaje espacial (especial) que arranca a finales del siglo xix, recorre todo el xx y arriba a nuestros días con el ímpetu inicial. Portadores de una cultura viva, espontánea e ingenua, las personas y personajes que nos conversan, relatan, disertan desde las páginas de este conjunto le cambian el signo y el color a la planicie de unas jornadas que hubieran podido ser de mera subsistencia. Como exponentes de lo antes dicho, los miembros del club de papaloteros (en el primer relato) ponen una condición inviolable para integrar la agrupación: no lucrar con la venta de los papalotes que aprenderán a fabricar por simple amor al arte. Y a tenor con el mismo principio, cada integrante de la peña de nombreteros, tras ganar el premio por el mejor nombrete del mes, deciden sin titubeos gastarse la dotación bebiendo con quienes comparten el arte de «nombretear».Asimismo deja constancia René de que los miembros de esta peña también realizan una investigación y configuran un libro sobre el origen y lógica de los nombretes: un volumen que, si bien nunca se publicó por falta de fondos, dejó establecido el derecho a la utopía de una alta cultura que incluya en sus pautas estratégicas las manifestaciones de quienes precisan sus contornos desde el simple acto de vivir en consonancia con las tradiciones.
El vuelo de Andrés Labatúa, por virtud de sus esencias picarescas, es un libro alegre, que llama a la sonrisa gentil. Aunque en la mayoría de los relatos está vigente la alegría como derivación de sucesos normales, vale la pena fijar la atención en el testimonio titulado «La tromba de La Ceiba», de naturaleza trágica, con víctimas fatales y todo, pues el autor no pierde la oportunidad de intercalar la anécdota de una familia sumida en el hambre extrema a quien la tromba les regala una vaca, que cae del cielo, rompe el techo y queda patas arriba dentro de la casa. Una vez pasada la tromba, y comprobado su saldo destructivo, el jefe de la familia concluye: «No podemos devolver la vida a los muertos ni curar a los heridos, nada podemos hacer. Así que vamos a fajarnos con la vaca esta a ver si comemos algo».
Hay en este libro un hálito de reverencia por aquella cultura que, a despecho de las inexistentes instituciones, fluyó en el ámbito republicano de manera natural y fue configurando, con su influencia, valores que hasta hoy han investido al cubano de su proyección, que prefiero sentir universal. Bailes, improvisaciones, artesanía, coleccionistas de música, parrandas, herencia étnica, laboriosidad, apego a unos modos de expresión que denotan ingenio, solidaridad ante la desgracia y, sobre todo, como subtexto, un amor al espacio pequeño: llamémosle barrio, batey, pueblo, ciudad, país, o simplemente el centímetro cuadrado de tierra donde cada persona construye, desde los imaginarios, sus expectativas vitales.
Es este un libro que nos habla de unos días que fueron diferentes, pero son como estos; de unas gentes que, como nosotros, compartían con sus compatriotas lo que hoy asumimos en común con las personas que nos rodean: la necesidad de comunicarnos desde esa alquimia imaginativa que aún subvierte, a partir actos de resistencia cultural, aquella ausencia de políticas sociales efectivas que padecimos por más de cuatro siglos.
La lectura de la Historia, hoy, es otra. Ganancias y pérdidas extraeremos de la lectura de este libro de rescates. La mayor de las primeras podría ser la posibilidad de comprendernos mejor en los dominios de Clío, gracias a la riqueza de un entorno donde la voluntad política ha permitido, entre otras cosas, que René Batista Moreno, con la publicación de este y otros libros que le anteceden, reivindique el proyecto editorial que nunca pudieron concretar sus simpáticos coterráneos de la peña de nombreteros. En el listado de pérdidas, por otra parte, podríamos inscribir variadas interrogantes, todas encaminadas a intentar explicarnos por qué un número considerable de estas expresiones culturales han sido sustituidas por otras de naturaleza más pedestre, mucho menos ingeniosas.
Se inicia la función entonces, estimados lectores: Andrés Labatúa, cirquero y estafador empedernido que juró no repetir nunca su vuelo accidental, incumple su promesa y se lanza desde el trapecio.
Ojalá que su espíritu no caiga en el vacío.
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Datos del autor y otros post sobre su obra, pulse:

http://www.sentadoenelaire.com/2010/05/como-un-pez-en-la-orilla.html

miércoles, 15 de febrero de 2012

LA OTRA ISLA, de Orlando Ferrand

La otra isla cover

Es poderoso el poeta que logra instalar su discurso sin desbalancear su destreza en el estilo y logro formal, y mucho más poderoso, si la diversidad de temas tratados: la familia, la patria, el destierro, el descubrimiento profundo de su persona ―entre otros― son coherentes en su totalidad con ello, y tienen una pertenencia imposible de sustituir. Si a esto se añade que desde la primera vez que leí a Orlando Ferrand (me refiero a Citywalker, su libro en inglés con el cual recibió el premio de la crítica y el lector Medalla de oro otorgado por Readers Favorite International Book Award Contest el pasado año) supe que en muchas zonas desde donde trata su discurso poético tenemos enfoques muy diferentes como escritores, aunque siempre logro identificar su voz  y el disfrute de sus temas, no sólo por el lirismo sino también por la belleza en la construcción de su poesía. Hay, además, manejos de la anti-poesía, de lo trágico o lo adverso muy bien logrados. De forma que su lenguaje no rompe con el discurso poético  que viene decantando, ni destruye tampoco la magia que crea con sus lectores, dado que no desarticula nunca las armas de finesa en el lenguaje que con certeza ha escogido para comunicar. Por otra parte, logra armonía y un conjunto de textos mantenidos a un nivel de calidad que reconozco. Cada poema en sí mismo es una pieza realmente individual.  Si los miramos por separado, pueden funcionar con independencia de este conjunto, como si el poeta no descansara de vivir intensamente, y como si repensar su vida y su mundo fueran unas cuestiones muy bien fundadas por una identidad que nunca lo abandona.
Healing trees

Este encuentro con La otra Isla, mi nueva lectura a un libro suyo, Premio de Poesía LINDEN LANE PRESS 2011, me ha parecido todo lo descrito arriba, y con unos acompañantes de lujo, porque ha sido Ilustrado con la obra pictórica del autor. Tiene un trabajo de excelencia por su edición y el diseño de portada e interior a cargo de Belkis Cuza-Malé, quien utilizó los dibujos y pinturas del autor para ilustrar el libro.
Universe

Hay, además, tonos de quien a veces usa el recuerdo y la experiencia y trata de desarraigar ciertas ideas a las que ha arribado, luego de padecer vicisitudes y distanciamientos, pero sin que el lector deje de identificar una cercanía constante con el ser que ha sido y con los lugares y rostros de esa experiencia humana que no ha dejado de habituarse al reconocimiento íntegro de tales experiencias, desarraigos obligados por circunstancias muy aciagas, pero escritas con el deseo de asomarnos a esa lectura para indagar. Con esto sustenta otro logro. No es desde principio a fin un extraño que quiere congraciarse con ello, que busca desahogar su espiritualidad sin obtener otra recompensa que ilustrar su ego. El poeta ha vivido cosas importantes y únicas y las siente como tales, no se ha apresurado a desbocarse, logra síntesis y limpieza, la forma y su discurso no son un simple trasiego de sucesos amontonados; él los ha podido asimilar y los devuelve para que puedan pertenecernos. Digamos que sin exagerar, les ha dado la universalidad que necesita para que desde inspirarse hasta disfrutar la lectura, nosotros los lectores, tengamos a bien reflexionar sobre este discurso, incluso obtener un sentimiento crítico de cosas muy posiblemente parecidas al nuestro como proceso identificador de todo ello. El resultado es, que no por coincidencia vivimos con la singularidad de la que él se apropia para diversificarlo, al menos desde la exactitud, se da desde toda la intención posible al convertirnos en sus cómplices, misión que logra, y que se debe también a esa fluidez de expresar sentimientos que terminan por no ser ajenos y que de alguna manera el poeta ha logrado definirlos en conceptos variopintos, y desde una altura a la que podemos llamar sustancia.
Wheel of fortune

Para mí siempre ha sido muy grato buscar lecturas que no siempre están cómodas con la manera en que enfocaría los mismos temas del autor. Esto de admirar la poesía de otro, desde una lejanía y llegar a sentirme cerca porque es el poeta quien ha hecho posible este acto de pasar del reconocimiento de su calidad como escritor, a concebir ese acto como si en otro rango de lectura, (desde el lado opuesto para ser preciso), uno se identifica con las propuestas hechas, porque sabe que no son simples coincidencias. Esta identificación se debe al enfoque de temas con la suficiente inteligencia por parte del creador, que nos ha condicionado esa lectura desde versos que inspiran, lenguaje muy cuidado sin dejar de ser vigoroso, coloquial en muchos de sus enfoques, pero validando la sencillez con decir las cosas que toquen a profundidad, hasta la autorreflexión como muestra de los rasgos esenciales de su poética. Orlando Ferrand con La otra isla, nos construye ese camino sin reparos ni inseguridad en el dominio de su palabra=discurso, para ir a la anécdota, para que la historia de fondo no sea una visión caricaturesca tanto de lo que es ficción,  como de la realidad vista desde un lente, fotográfico, a veces tan especifico, como de escena irrepetible. Y porque aún cuando se ha escrito para visitar y apaciguar la memoria, su esencia es más sublime, trasciende lo que espiritualmente nos golpea. De modo que el individuo es esa patria alucinada con todos los padecimientos, los de la felicidad y el olvido, los del recuerdo, y los que, íntimamente, nada pueden ya convertirlos en ceniza, porque hay cicatrices que dejan huellas suficientes para advertir:
Commuter


Un hombre también es una cueva

Hecha de sombras y náufragos sin alas.

Y porque:
In front of the mirror

Este espejo

guarda el polvo de los dormidos

y los dormidos engendran

la pesadilla del que mira,

Y además:
Sleep walker

Nunca nada se extinguirá del todo

La Esfinge, Los Dibujos de Nazca,

El Machu Picchu, Tikal, Las Pirámides de Giza, Petra,

Stonehenge, El Partenón, El Taj Mahal, El Coliseum,

Angkor Wat,

La ciudad de Washington imaginada por Masones,

La Isla del Este,

La Catedral de San Cristóbal de La Habana,

todavía nos miran con sus ojos de piedra viva, ensimismados

reclamando una respuesta.

Sin dudas porque:
Barks

Hay que ir todo lo lejos que se pueda

Adonde no llegan los barcos

y La otra isla se niega a aparecer.

Juan C Recio, NY, Febrero 15 del 2012
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LA PUERTA



coleus


Qué importan las palomas

Si es diciembre y un hombre en una esquina

No encuentra su sombra


Qué importan los corceles

Anunciando la estación

En que todas las cosas tristes

Se hacen necesarias


Qué importa la lluvia

Del más terrible de los meses

Y qué el tiempo,

Ese hombre que cada tarde 

Se prende un corazón de papel en su solapa

Y espera, espera, espera


Entonces

Que el agua nos arrastre

Que repique en cada puerta una campana

Y que la luz no pueda ser guardada en los bolsillos

Para auyentar a la tristeza
Dishes on my head

Y que sentados a la mesa

Como quien ya no espera al otro huésped necesario,

Despidamos todo color

Que no sea el que tuvieron esos dias

Donde hubo de construirse puentes

Para juntar a cada hombre con su sombra



Esos dias

Donde pudieron acudir en su remanso

Aquellos antiguos animals

Que nos miraban como dioses


Y que uno acerque al otro algún dia la cabeza,

Y sienta la mansedumbre del mundo

Y quede abierta desde entonces

La puerta

La unica puerta de la casa del hombre

Que es el Hombre.


Invierno Con Girasoles Amarillos


Stranger

Entre hombre y hombre se extiende una pared

Dónde la suave mano del que viene a curar

Los ojos del que ha visto

Entre hombre y hombre el silencio está dormido


Entre hombre y hombre

Puede el tiempo borrar

El filo que separa a un hombre de otro hombre

Solo hombre gris

Solo


Agua que se rompe


Y dos hombres

Pueden sembrar girasoles amarillos en invierno

Sin extrañar la soledad,

Ese animal incoloro

Que nos mata.



Fábula de Orlando Y Virginia Woolf




                            “un pajaro y otro ya no tiemblan”

                                      José Lezama Lima

The past is blue

Una mujer llega hasta mí nombrándose Virginia

Y tiene la edad en que las piedras se hacen polvo

Y tiene un aire frío de mujer desnuda

Virginia—ha dicho esta mujer—

Entrando por mi puerta


Orlando ha tenido que vestirse y desverstirse

Eternamente ante el espejo

Sobre su cabeza han pasado otras estaciones

Pero nunca la piel adolescente sobre una mujer

Nombrándose Virginia

Distinta como todas las suicidas


Mirando al faro que la alumbra

Entre olas que iban a ahogar su luz

Si no llegaba Orlando a tender

Desde una orilla a otra

Un hilo para dos.



Náufragos



                                               para mi hermana Elizabeth                                                             


Face in the croud



Qué más puede quedar sino el tiempo

Todo el tiempo que se resiste

Al latigazo donde se pierde el estado de los solos.


Cuchillos para cortar el agua

Ausentarse en el momento en que todos descubren

Tu espalda hecha ceniza una vez.


Aquí el regreso es el estado natural de los vigías.


Oh, faro de luz

Que precisión se enfunda bajo mi espada de vidrio

Que misterio de ser acaso el pretendido del suicida.


Un hombre también es una cueva

Hecha de sombras y náufragos sin alas.


SonÁmbulo


Memories

Si fuera tan fácil

abrazar a mi enemigo cotidiano

al que me rompió el corazón

cuando lo resucitaba de su propia violencia.


Si pudiera mirarle los ojos

al que conoce mis secretos

al que todavía no sabe si me adora o me odia

como a las noticias de viajes lejanos que añoramos

en la infancia

y que dejamos atrás

como telón de fondo

al adentrar los pies en remotas, incurables geografías.


Aquí hay lugar para todos

hay pasillos donde retozar con los leones

jugetones de mi siesta

y escondites improvisados para estar cada vez mas cerca,

tocándonos en el puntillismo

de estos lienzos inquebrantables

sonámbulo de luna llena

donde nace mi canción,

deslizándose

en el medio de trenes ebrios

deslizándose

en metálicas cascadas

sobre los rascacielos newyorkinos.

Orlando in the magic forest


Yo camino,
me abro camino,

me abren camino,
cuando me ovillo en los laberintos del instinto
y ruje mi hombría
devorándote bajo mis lunas
donde conquisto amacas
para velar tu sueño
donde resucito amaneceres para que te crezcan alas.

Sonámbulo de la vida,
no huyas más
deténte por este instante
en que te miro a los ojos
en que te siento
como en aquel abrazo que me diste
cuando la voz de George Michael
atravezó mi desandar
buscándote
en esta ciudad que se deserrite
como la esperma del tiempo.

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Ficha artistica y literaria




Orlando and the brick wall
 Orlando Ferrand es poeta, escritor, dramaturgo, actor, director teatral y artista plástico nacido en Santiago de Cuba en 1967 y residente de Nueva York. Es miembro de la National Association of Latino Arts and Culture (NALAC).Cursó estudios universitarios en Columbia University y en City University of New York en las especialidades de Lengua y Literatura Inglesa, Escritura Creativa y Cultura Norteamericana.  Ha cursado estudios de postgrado en Bellas Artes en Parsons' School of Design y Pratt Institute en Nueva York. Ha recibido numerosas becas en los Estados Unidos para desarrollar su trabajo artístico y literario, entre ellas, The Artist Summer Institute, The New York Foundation for the Arts, The Jerome Foundation for Music y The Andy Warhol Foundation for the Arts. Su obra en multimedia, escultura, fotografía y pintura se ha exibido en Leslie/Lohman Museum of Art, El Museo de Arte Contemporáneo de Massachussets y en La MaMa La Galería.  Ha sido Artista en Residencia en Columbia University, Princeton University y Pratt Institute y recibió The Editor’s Choice Award in Poetry en los Estados Unidos. Su obra en inglés ha sido publicada en varias antologías de poesía norteamericana contemporánea y ensayos, entre ellas, The Best of Panic, In the Desert Sun and Why We Wrote. Ha colaborado para las revistas literarias Linden Lane Magazine y OtroLunes. Tiene dos libros escritos y publicados en inglés, Citywalker, lanzado por la editorial PublishAmerica, LLLP en el año 2010 y con el que recibió el Premio de Oro, otorgado por Readers Favorite Book Review and Award Contest en el año 2011 en los Estados Unidos y su libro de memorias  Apologia: Cuban Childhood in My Backpack,  publicado recientemente por PublishAmerica, LLLP. Actualmente está bajo contrato como escritor con esta editorial norteamericana.

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 Orlando Ferrand website: www.orlandoferrand.com
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Todas estas obras de Orlando Ferrand, -usadas en este post- han sido exibidas en Leslie/Lohman Museum of Gay and Lesbian Art in SOHO, NYC desde el ano 2008-2011. La mayoria se encuentran en la coleccion de arte de Joey Medina.
Las fotos de autor (Orlando and the brick wall y Orlando in the Magic Forest) son de la escritora, cinematografa y fotografa Linda Nieves-Powell.